
“A pesar de las bombas, los fusilamientos, los compañeros muertos”...una historia cíclica?.
El Cronista de la Realidad Imperfecta
La Argentina, un país marcado por la pasión política y la ciclotimia histórica, se encuentra nuevamente en un punto de inflexión donde el pasado y el presente parecen converger de forma inquietante. Tres hitos, aparentemente distantes en el tiempo, pero profundamente entrelazados en la trama de nuestra identidad nacional, emergen como símbolos de un ciclo que se resiste a cerrarse: los bombardeos de Plaza de Mayo de 1955, la proscripción del peronismo y la actual situación de Cristina Fernández de Kirchner.
Los bombardeos de Plaza de Mayo, aquel trágico 16 de junio de 1955, no fueron solo un ataque a un gobierno, sino una herida abierta en el corazón de la democracia argentina. Un acto de violencia inusitada que buscaba, mediante el terror, erradicar una ideología y un movimiento popular. Este hecho, que dejó cientos de muertos y heridos, marcó un punto de no retorno en la polarización política del país, inaugurando una etapa de violencia y autoritarismo que se extendería por décadas. La intolerancia hacia el disenso político alcanzó su máxima expresión, demostrando que, para algunos, la eliminación del adversario era un camino válido para imponer una visión de país.
El reloj marcaba poco después del mediodía del jueves 16 de junio de 1955. La ciudad de Buenos Aires, bajo un cielo que prometía una tarde apacible, se preparaba para su rutina habitual. Sin embargo, lo que estaba por suceder rompería para siempre la placidez de ese día, inscribiéndose con sangre y fuego en la memoria colectiva argentina. La Plaza de Mayo, corazón político de la nación, se convertiría en el epicentro de un acto de barbarie sin precedentes: el bombardeo perpetrado por sectores de la Armada y la Fuerza Aérea contra una multitud de civiles que se manifestaban en apoyo al gobierno de Juan Domingo Perón.
Desde temprano, miles de trabajadores y simpatizantes peronistas se habían congregado en la Plaza de Mayo. La tensión política era palpable desde hacía meses. El conflicto entre el gobierno y la Iglesia Católica se había agudizado, y las fuerzas opositoras, agrupadas en torno a la recién formada "Junta Cívico Militar", conspiraban abiertamente. Ese día, se esperaba un acto de desagravio a Perón, tras la quema de una bandera nacional supuestamente por militantes católicos. La plaza era un mar de gente, un mosaico de esperanza y lealtad, ajeno al infierno que se avecinaba.
A las 12:40 PM, el rugido de los aviones irrumpió en el aire, no con el sonido familiar de un desfile militar, sino con una ominosa sensación de amenaza. Los primeros impactos no se hicieron esperar. Cazas navales Gloster Meteor y aviones de la Fuerza Aérea, operando desde la Base Aeronaval Punta Indio y aeropuertos clandestinos, comenzaron a descargar sus bombas sobre la multitud indefensa. El pánico se apoderó de la plaza. Los gritos de alegría se transformaron en alaridos de terror. Cuerpos volaban por el aire, la sangre comenzaba a teñir el empedrado, y el humo de las explosiones asfixiaba el aire.
Testimonios de sobrevivientes, recopilados a lo largo de los años, pintan un cuadro desolador. "Nunca voy a olvidar el olor a carne quemada", relató una mujer que había logrado refugiarse bajo un árbol. Otro hombre describió el estruendo ensordecedor: "Era como si el mundo se estuviera acabando, las bombas caían una tras otra, no sabíamos dónde escondernos". Los proyectiles impactaron en la Casa Rosada, el Cabildo, la Catedral Metropolitana y, de manera brutal, directamente sobre la Plaza de Mayo, donde la gente corría despavorida buscando refugio en los árboles o en los edificios cercanos.
La represión no se limitó a los bombardeos. Infantes de marina y otros efectivos militares, que habían desembarcado en el puerto, intentaron avanzar sobre la Casa Rosada, protagonizando enfrentamientos armados con la Guardia Presidencial y la policía leal al gobierno. La batalla se extendió por varias horas, transformando el centro de Buenos Aires en un campo de guerra.
Cuando finalmente el infierno cesó, el saldo fue devastador. Las cifras oficiales hablaron de 308 muertos y más de 700 heridos, aunque diversas fuentes y estimaciones posteriores sugieren que el número de víctimas podría haber sido considerablemente mayor. Entre los fallecidos había niños, mujeres, trabajadores, transeúntes, vidas inocentes arrebatadas por la furia de quienes buscaban derrocar un gobierno a cualquier costo. Los hospitales de la ciudad se vieron desbordados, y las calles aledañas a la Plaza de Mayo se convirtieron en un macabro escenario de cuerpos desmembrados y escombros.
El bombardeo de Plaza de Mayo no fue solo un atentado contra la vida humana; fue un ataque directo a la democracia y a la convivencia pacífica. Marcó un punto de inflexión en la historia argentina, inaugurando una etapa de violencia política y proscripciones que culminaría con sucesivos golpes de estado y la trágica dictadura militar. La imagen de aviones militares bombardeando a su propio pueblo se convirtió en un símbolo de la intolerancia y el desprecio por la vida, una herida que, a 70 años de aquel fatídico día, aún resuena en la memoria colectiva argentina, recordándonos la fragilidad de la paz y la importancia inquebrantable de la democracia.
Directamente ligado a este episodio, y como consecuencia de la misma lógica persecutoria, llegó la proscripción del peronismo. Durante 18 años, el movimiento político más grande y popular de la Argentina fue ilegalizado, sus símbolos prohibidos, sus líderes perseguidos y sus militantes silenciados. Millones de argentinos fueron privados de su derecho a elegir y a ser representados por la fuerza política de su preferencia. Esta proscripción no solo profundizó la grieta, sino que también sembró las semillas de una inestabilidad política crónica, alimentando resentimientos y frustraciones que estallarían en sucesivas crisis y golpes militares. La idea de que una parte de la sociedad podía ser excluida y anulada por decreto sentó un precedente peligroso para la salud democrática.
La proscripción del peronismo fue un período fundamental y doloroso en la historia argentina, que se extendió por 18 años, desde el golpe de Estado de 1955 autodenominado "Revolución Libertadora"-que raro los que vienen pregonando la “libertad” resultan haciendo todo lo contrario- hasta el regreso de Juan Domingo Perón en 1973.
En síntesis, este período se caracterizó por:Ilegalización del Partido Peronista y sus símbolos: Se prohibió cualquier mención a Perón, Evita, al justicialismo, o cantar la marcha peronista. El Decreto-Ley 4161 de 1956 fue el instrumento legal que formalizó esta prohibición, con severas penas para quienes la incumplieran, incluyendo prisión y multas.
Persecución política: Miles de peronistas fueron perseguidos, encarcelados, torturados y, en algunos casos, asesinados (como los fusilamientos de José León Suárez). Se inhabilitó a funcionarios peronistas y se despidió a delegados de fábrica.
Exilio de Perón: Juan Domingo Perón fue forzado al exilio, primero en Paraguay y luego en otros países, principalmente España, desde donde mantuvo una influencia política constante sobre sus seguidores.
Intervención de la CGT y desmantelamiento de conquistas sociales: La dictadura intervino la Confederación General del Trabajo y buscó revertir gran parte de las políticas sociales y económicas implementadas durante los gobiernos peronistas, como la derogación de la Constitución de 1949.
Resistencia Peronista: A pesar de la proscripción, el peronismo no desapareció. Se organizó en la clandestinidad a través de la "Resistencia Peronista", con acciones de sabotaje, huelgas, pintadas, y levantamientos cívico-militares. Esta resistencia mantuvo viva la llama del movimiento, demostrando su arraigo popular.
Inestabilidad política y gobiernos débiles: La proscripción del peronismo, la fuerza política mayoritaria, generó una profunda inestabilidad. Durante estos 18 años, Argentina alternó entre dictaduras militares y gobiernos democráticos débiles que, aunque electos, no contaban con la legitimidad plena al excluir a una parte significativa del electorado. Esto llevó a un ciclo de golpes de Estado y crisis recurrentes.
El "Voto en Blanco": El peronismo, imposibilitado de presentar candidatos, solía llamar a votar en blanco, lo que en muchas elecciones representaba un porcentaje significativo y servía como un termómetro de su fuerza y rechazo a la proscripción.
El retorno: La persistencia de la Resistencia, la inestabilidad política y la incapacidad de los gobiernos de turno para gobernar sin el peronismo llevaron a que, finalmente, se permitiera el regreso de Perón en 1972 y la participación del peronismo en las elecciones de 1973, con la fórmula Cámpora-Solano Lima, que ganó por amplio margen.
En definitiva, la proscripción del peronismo fue un intento fallido de erradicar un movimiento político de gran arraigo popular, que lejos de desaparecer, se fortaleció en la clandestinidad y se convirtió en un factor central de la política argentina durante casi dos décadas, dejando profundas cicatrices y condicionando el desarrollo democrático del país.
Hoy, en 2025, la imagen de Cristina Fernández de Kirchner enfrentando causas judiciales y la ejecución de una condena, resuena con ecos del pasado. Más allá de las particularidades de cada caso y de los debates sobre la independencia judicial, es innegable que esta situación se inscribe en una tradición de persecución política que ha signado nuestra historia. Las acusaciones de "lawfare" y la polarización extrema en torno a su figura nos obligan a reflexionar sobre si, en la Argentina, la justicia opera siempre con la imparcialidad que se le exige, o si, en ocasiones, se convierte en una herramienta más en la batalla política. La “cristina presa” para algunos, es la culminación de un proceso de justicia necesaria, mientras que, para otros, es una nueva manifestación de la proscripción, esta vez judicial.
Entrelazando estos tres momentos, se revela un patrón recurrente: la tentación de eliminar al adversario en lugar de confrontarlo en el terreno democrático. Desde las bombas que buscaban borrar al peronismo del mapa, pasando por la proscripción que intentó silenciarlo, hasta la actual judicialización de la política que algunos interpretan como una nueva forma de inhabilitación, subyace la misma incapacidad para convivir con la diversidad y el desacuerdo.
Las expresiones de odio emanada por el Presidente Javier Milei –“quiero ser el que le ponga el último clavo al ataúd del Kirchnerismo con Cristina Adentro”-. Una feroz campaña de persecución mediática, judicial y política orquestada de los sectores de poder económico, político y mediático. El intento de magnicidio donde la justicia no continúa la investigación de los posibles autores ideológicos donde había líneas muy firmes de investigación que involucraría a importantes figuras del gobierno libertario. La doble vara de la justicia que apura “los papeles” sin atender a las supuestas irregularidades en el proceso judicial para unos cuando anuncia una candidatura y duerme el sueño de justos para otros casos como las diversas causas que tiene el ex presidente Macri. La persecución mediática que generó el agrandar la grieta y sembrar odio a través de los constantes fake news por los grandes pulpos como el grupo Clarín.
https://portalh2o.ar/articulo/2025/04/de-orcos-y-kirchneristas-la-simplificacion-grotesca-del-debate-politico.php
Este nuevo episodio de la condena de Cristina generando una marcha masiva a Plaza de Mayo, que algunos comunicadores la bautizaron como “el día de la dignidad” , con el apoyo de los sectores del peronismo y afines. Y con diversas marchas masivas en todo el país en apoyo a la ex Presidenta. No hace más que corroborar que cada vez que al “Peronismo” lo quieren liquidar vuelve a renacer de sus cenizas.
La Argentina necesita romper con este ciclo vicioso. La madurez democrática implica la aceptación plena del disenso, la garantía de un debido proceso para todos y la primacía del diálogo sobre la confrontación. Los bombardeos de Plaza de Mayo nos recuerdan el horror de la violencia política; la proscripción del peronismo, el peligro de la exclusión; y la actualidad de Cristina Kirchner, el desafío de asegurar que la justicia sea verdaderamente ciega y no un instrumento de lucha. Solo así, aprendiendo de las dolorosas lecciones del pasado, podremos construir una sociedad más justa, inclusiva y, sobre todo, una democracia genuinamente consolidada.
El cronista de la realidad Imperfecta
Video Felipe Pigna –bombardeo plaza de mayo:
Video crónica del bombardeo a Plaza de Mayo:
Argentina 1955-1973
Movilización a Plaza de Mayo apoyo a Cristina Kirchner: