El Cronista de la Realidad Imperfecta Escuchar artículo

De la ficción a la realidad.“Entre pizzas, champagne y motosierras”

El Cronista de la Realidad Imperfecta

De la ficción a la realidad.“Entre pizzas, champagne y motosierras”

El Cronista de la Realidad Imperfecta

En estos tiempos de crueldades, sin sabores ha surgido una pequeña ventana para poder observar y analizar la realidad. Y proviene de un lugar menos impensado de las series de televisión. Que nos interpelan, nos hacen reflexionar, nos trasladan a otros tiempos para despertarnos. Primero fue el fenómeno del Eternauta que hizo valorar “que nadie se salva solo”. Y ahora irrumpió en nuestros hogares la serie del riojano más famoso.

“Mi abuelo, Don Pascual, un viejo sabio de los que ya no quedan muchos por estos pagos de San Luis, se plantó frente al televisor para ver la nueva serie de Menem. Uno, que ya le ha visto la cara a la historia unas cuantas veces, sabe que el pasado siempre vuelve, a veces como tragedia, otras como comedia... y ahora, parece, como serie de streaming. Los primeros acordes noventosos, esas ropas que hoy nos darían un ataque de risa, y de repente, la voz en off, engolada, prometiendo la gloria del "uno a uno": "¡Argentina es parte del primer mundo!". Don Pascual, que ha visto más ciclos económicos que un economista con insomnio, suspiró. "Parece que fue ayer", masculló, y yo, su nieto (y aprendiz de observadora de la condición humana), entendí que la velada no era solo de entretenimiento. Era un viaje en el tiempo, con pasaje de ida y vuelta a la melancolía, sin movernos de este living que huele a mate cocido y a recuerdos.

La pantalla se inunda con ese brillo artificial de la "fiesta menemista". Recuerdo las historias de mi abuelo, que parecían salidas de un sketch de Les Luthiers, pero eran cruda realidad: el arribo de los productos importados, la ropa que "te ponía" en un lugar, la billetera que, por un rato, se sentía gorda. La convertibilidad, el famoso "uno a uno", era el mantra, el conjuro mágico que nos iba a llevar al primer mundo. Mientras tanto, desaguazábamos lo nuestro, como el que vende los muebles para pagar el viaje. Nos despojamos de las joyas de la abuela por dos tristes verdes, que después se esfumaban más rápido que como llegaban.

"Era un show, mi hija", decía mi abuelo, señalando la imagen de Menem. Y sí, era un show. Un show con alfombras rojas en el aire, jets privados para el ocio y una flexibilidad política que ya la querrían los gimnastas rusos. El peronismo, que antes cantaba la marcha en las fábricas, ahora brindaba con champagne en Puerto Madero. Nos cabe la pregunta aquello era Peronismo?. Era un país donde la picardía criolla se mezclaba con el cinismo global, y el "déjense de joder" era casi una política de Estado. Se respiraba una calma chicha, de esa que precede a los vendavales, mientras abajo, el desempleo y la desigualdad tejían una trampa silenciosa para los que no habían sido invitados a la fiesta.

Pero como toda fiesta argentina que se precie, esta también tuvo su resaca. La serie empieza a mostrar las grietas: la deuda asfixiando, las persianas que bajaban y los ojos que se quedaban sin brillo. Don Pascual, que ha visto más crisis que las que un almanaque puede registrar, negó con la cabeza. "La joda no era gratis, m'hija", sentenció. Mientras unos pocos vivían viajando a Miami y trayendo todo la “baratija tecnológica” del momento, la gran mayoría vivía el viaje del desempleo feroz, la tristeza de un retroceso social en caída libre y la impotencia de hastío de no poder brindar lo esencial a sus seres queridos. 

Y ahí, en ese punto exacto, el living de San Luis se convierte en una sala de espera para el Apocalipsis, o al menos para el próximo capítulo de la economía argentina. Miro las noticias en mi celular: la inflación que nos come los ahorros antes de que los cobremos, las discusiones sobre la dolarización que parecen un debate entre dos borrachos, el ajuste que nos aprieta el cinturón hasta el ahogo. El gobierno actual, con su propio manual de "shock" económico, promete una purga, una catarsis. Menos show y más "motosierra", un discurso que no busca seducir con el baile, sino con el bisturí.

Políticamente, el mapa también ha mutado. Si en los 90 el “peronismo” era un pulpo que se adaptaba a todo, hoy tenemos una Babel de voces, con "nuevas" fuerzas que, si uno rasca un poco, suenan a viejos rencores. La polarización es tal que uno casi espera que en la vereda de enfrente vendan bufandas del "otro bando". Menem, con su mayoría automática y una paz social de dudosa reputación, parece un estadista de la Belle Époque comparado con el ring que es hoy el Congreso. La calle, claro, siempre con su pulso, nos recuerda que el pueblo, a veces, se cansa del show y pide explicaciones.

El episodio terminó. Don Pascual apagó el televisor con un click que sonó a sentencia. "La historia no se repite, m'hija, pero arrastra las patas como un fantasma", filosofó, con esa sabiduría que solo los que han sobrevivido a varias décadas de peronismo y anti-peronismo pueden ostentar. Y cuánta razón tenía.

La serie de Menem no es solo un entretenimiento; es un espejo empañado que nos invita a reconocer nuestras propias miserias y poca memoria. Nos recuerda los peligros de las promesas fáciles, la importancia de no vender el futuro por un puñado de dólares, y el costo humano que se esconde detrás de los grandes números macroeconómicos. Nos fuerza a pensar si, después de tantos tropezones, alguna vez vamos a dejar de enamorarnos de los espejismos.

Hoy, mientras el país busca su norte en medio de un mar agitado, la lección de los 90 se vuelve una advertencia. Porque el eco de aquel "uno a uno" sigue resonando, recordándonos que la estabilidad, sin una pizca de cordura y un mucho de justicia, es una ilusión de óptica, y que la libertad, para ser de verdad, no puede ser solo para unos pocos. Al fin y al cabo, este país tiene una vocación casi patológica por reescribir su propio manual de instrucciones, pero siempre que estamos sometidos a un karma o a un juego perverso de un eterno “deja vu recargado” de volver a repetir historias con las consecuencias de que en cada vuelta es cada vez más complicado como un laberinto donde no se encuentra la salida y siempre se vuelve al punto de partida.

El desprevenido que no vivió los “gloriosos 90” de la década Menemista, aquellos que perdieron la memoria y se enfrentan a la serie de Menem como un entretenimiento de una historia que fuera del más allá. A pesar de los que viven en las nubes de ùbedas que muchos transitan no podrán esquivar de hacer un paralelismo con la realidad de motosierras, cruella de ville, quizás sin pizza ni champagne de épocas de patillas desenfrenadas. Es un calco casi caricaturesco que estamos volviendo a vivir, con una dosis más fuerte de maldad, donde la empatía desapareció del mapa, los sectores vulnerables están condenados a desaparecer. Mientras en la tele un “ventrículo” con sus monigotes de turno no quieren convencer que vivimos en una realidad que ellos solo ven.

Entre patillas y pelucas…la realidad nos vuelve a golpear, una vez más la ficción y la cultura nos tira un salvavidas para atravesar el mar de las apatías y poder reflexionar. ¿habrá que esperar a la próxima serie para poder reaccionar? 

                                                                     El Cronista de la realidad imperfecta.

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