
El Título en la Pared: Crónica de un sueño entre varios fuegos.
Por: El Cronista de la Realidad Imperfecta
“Don Roque tiene las manos curtidas. Son manos que conocen el lenguaje del ladrillo, el cemento y el frío de las seis de la mañana en donde sopla el “Chorillero”. Pero hoy, esas manos no sostienen un fratacho; sostienen, con una delicadeza casi sagrada, un tubo de cartón atado con una cinta azul y blanca. Es el título de Doctor su hijo. Para Roque, ese papel no es solo un certificado de estudios; es el acta de capitulación de la pobreza. Es la prueba de que el destino, ese que suele ensañarse con los que vienen de abajo, esta vez se distrajo y dejó pasar a uno. Su hijo, el "primera generación", el que se amaneció entre fotocopias subrayadas mientras el barrio dormía, ha logrado lo que para muchos de su estirpe era, hasta hace poco, una frontera inalcanzable. Esa es la universidad pública: el lugar donde el hijo del laburante puede mirar a los ojos al futuro sin pedir permiso. Sin embargo, en este ballet de realidades imperfectas, la alegría de Don Roque convive con un aire helado que sopla desde las oficinas donde se diseñan las planillas de Excel. Allí, donde la educación no es un derecho sino un "gasto" que debe ser recortado, se está gestando una narrativa diferente. Una simplificación grotesca que intenta convencernos de que el sueño de Roque es una anomalía ineficiente, un lujo que el país ya no puede darse. La estrategia es tan vieja como efectiva: la asfixia planificada. Un desfinanciamiento que no es impericia, sino diseño. Se busca el caos, se fogonea el deterioro edilicio y se ofrecen sueldos de hambre a profesionales que han dedicado media vida a la investigación y a la formación de las mentes del mañana. La lógica es clara: si algo no funciona, es más fácil convencer a la sociedad de que hay que arancelarlo o cerrarlo. Es la profecía autocumplida del neoliberalismo: desfinanciar para demostrar ineficiencia y luego justificar el mercado como única salida. Pero en la otra orilla del río, el conflicto muerde su propia cola, como en un Zugzwang en el tablero de ajedrez y nos presenta un juego perverso de espejos. Aquí aparece la controversia que duele: las medidas de fuerza legítimas, los paros masivos y prolongados, aunque nacen de un reclamo auténtico por la dignidad del trabajador, terminan por vaciar las aulas. Y ahí es donde el juego se vuelve macabro. Cada día de facultad cerrada le termina haciendo el juego —quizás involuntariamente— a quienes sostienen que la universidad pública es un "caos inviable". El paro sostenido en el tiempo se convierte en un aliado impensado del arancelamiento: si el hijo del laburante ya no puede estudiar porque no hay clases, la promesa de la movilidad social se apaga igual que si le cobraran una cuota impagable. Es una encerrona trágica. Los profesionales se debaten entre el derecho a un salario justo y la responsabilidad de no dejar caer el último refugio del pensamiento crítico. Mientras tanto, en los despachos oficiales se frotan las manos: saben que, por presupuesto cero o por aulas vacías, el objetivo de herir a la educación pública se está cumpliendo. La verdadera tragedia de esta realidad imperfecta no es solo el presupuesto que falta. Es la naturalización del silencio. Nos hemos acostumbrado a ver las facultades como islas lejanas, cuando son el corazón que bombea el futuro de cada rincón de nuestra provincia. Surge entonces la pregunta incómoda: ¿Por qué somos capaces de movilizarnos por millones para festejar un campeonato de fútbol, y permanecemos inmóviles mientras se desmorona la estructura que forma a nuestros médicos, ingenieros y maestros? Un campeonato es una alegría efímera; la formación de un profesional es una victoria permanente para toda la sociedad. No es una lucha de los docentes o de los alumnos; es una lucha de la comunidad entera. El final de esta historia sigue abierto. Pero la resolución no vendrá de un despacho frío. Vendrá el día en que entendamos que la universidad pública es nuestra "selección" más importante. Ese día, cuando nos movilicemos con la misma mística por un aula abierta que por una pelota en la red, quizás la utopía de la igualdad deje de ser un sueño para convertirse en nuestra realidad más perfecta. Hasta la próxima... El Cronista de la Realidad Imperfecta