El Cronista de la Realidad Imperfecta Escuchar artículo

La caída de las vestiduras: El paladín de cotillón y la teoría de la caja de zapatos

Por el Cronista de la Realidad Imperfecta.

La caída de las vestiduras: El paladín de cotillón y la teoría de la caja de zapatos

Por el Cronista de la Realidad Imperfecta.

Cuenta una vieja leyenda de los pueblos soberbios que aquellos que eligen la crueldad como escudo y el sarcasmo como espada, terminan siempre traicionados por su propio reflejo. Existen personajes que disfrutan del despotismo ilustrado de cabotaje, seres intolerantes que caminan con la pera levantada, convencidos de que la impunidad es eterna. Pero la física de la decencia no falla: cuanto más alto se cree el equilibrista, más ruidoso es el porrazo cuando se le caen las vestiduras por un sutil "descuido" y, finalmente, asoma la hilacha de lo que siempre habitó debajo del disfraz.
Cómo olvidar los inicios de este muchacho, Manuel Adorni, en su rol de vocero presidencial. Aquellas conferencias de prensa matinales que parecían más un tribunal de la Santa Inquisición que un acto de comunicación democrática. Se lo veía disfrutar. Había un goce casi estético en su cinismo mientras anunciaba el desguace del Estado, la quita de derechos a los jubilados o el fin de los medicamentos para los más vulnerables. Con un humor rancio y una sonrisa de costado, se dedicó a ningunear a periodistas, a esquivar verdades con la prepotencia del que se cree dueño de la pelota y a sembrar datos falsos como si la realidad se pudiera colonizar con un tuit. Se proclamó, desde el primer día, el paladín de la honorabilidad y la castidad pública, el fiscal de la moral de los argentinos.
Sin embargo, el decorado era de telgopor. El disfraz de incorruptible empezó a deshilacharse como un efecto dominó que fue desnudando lo miserable, lo corrupto y lo mentiroso. Y es ahí donde la realidad supera a la ficción de cualquier comedia costumbrista: para justificar un patrimonio que no cierra por ningún lado, nos enteramos de defensas inverosímiles que rozan el insulto a la inteligencia. Ahora resulta que la fortuna familiar se guardaba en una oportuna caja de zapatos, o que los ahorros eran misteriosos bitcoins perdidos en un pendrive del que nadie sabía nada. Pero el realismo mágico no termina ahí: el relato oficial pretende que creamos que dos jubiladas —justo en el país donde los abuelos eligen entre comer o comprar la mitad de los remedios— tuvieron la increíble generosidad de prestarle 100 mil dólares. Y para coronar el absurdo, una mujer policía también aparece en la lista de generosos prestamistas de divisas extranjeras. Un guion digno de una película de estafadores de bajo vuelo.
El contraste es obsceno. Basta mirar el archivo para notar la metamorfosis: un personaje que antes de asumir ostentaba un estilo de vida y un aspecto físico totalmente opuestos, hoy mutó en un jerarca de traje impecable y aires de grandeza. Mientras a millones de argentinos se les exige aceptar un ajuste feroz e inhumano bajo el eterno mantra del "no hay plata", mientras la gente no llega a mitad de mes, ni a mitad de semana, y a duras penas puede parar la olla; mientras se cortaron los medicamentos oncológicos para pacientes con cáncer y se licuaron las jubilaciones, para el entorno del poder la plata sí apareció. Al final, el sacrificio del pueblo sirvió para que a otros les alcanzara para mudarse a un country con cascada incluida, comprar departamentos y ascender en la escala del privilegio que tanto decían combatir.
Párrafo aparte —y asombro de la ciencia política contemporánea— merece el presidente Milei. El mismo que ve conspiraciones comunistas hasta en la sopa y que ha echado a funcionarios por un simple parpadeo disidente, hoy defiende a su vocero devenido en secretario a capa y espada, ante propios y extraños. En cualquier gobierno con un mínimo de decoro institucional, o en cualquier otro caso de la propia tropa, este muchacho ya tendría que estar mirando la realidad desde la vereda de enfrente. Pero no. Para los amigos, la complicidad del silencio y el blindaje mediático; para el resto, el garrote del ajuste. La doble vara se volvió el manual de estilo oficial.
Reflexión final:
Mirándolos bien, quizás el problema no es que se les caiga el disfraz, sino que nunca tuvieron otra ropa. Nos quisieron vender un manual de ética nueva con las páginas borradas por el nepotismo y la codicia de siempre. La realidad, por más imperfecta que sea, tiene una memoria terca: al final del día, los paladines de la moral de cotillón terminan convertidos en lo que siempre fueron: apenas un triste eco de su propia soberbia, desnudos ante los ojos de un pueblo que ya no come con discursos ni se cura con sonrisas sobradoras desde un atril.
 

Fuente: Por el Cronista de la Realidad Imperfecta.

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