
Episodio 2: La ilusión de la libertad en cuatro ruedas (y dos ruedas)
Por: El Cronista de la realidad imperfecta.
Hasta hace seis meses, Carlos marcaba tarjeta a las seis de la mañana en la metalúrgica del parque industrial. Tenía un overol con su nombre bordado en el pecho, derecho a vacaciones y la tranquilidad de saber qué día del mes cobraba. Pero la recesión no sabe de nombres propios. Un martes cualquiera, el supervisor lo llamó a la oficina: la fábrica cerraba una línea de producción por la caída de las ventas. Indemnización recortada y a la calle. Con cincuenta años, el mercado laboral formal te mira como si fueras material de descarte. Desesperado, con las boletas de luz triplicadas sobre la mesa de la cocina, Carlos gastó los últimos ahorros en ponerle gas al auto de la familia. Al hijo mayor le prestó una moto vieja que estaba tirada en el patio. Hoy, padre e hijo forman parte del nuevo ejército invisible de la Argentina: los esclavos del algoritmo. Uno maneja un Uber; el otro esquiva la muerte en dos ruedas para entregar empanadas calientes. Nos vendieron que eran sus propios jefes. La realidad es que solo son los dueños de su propia intemperie.
Catorce horas mirando el tablero
Para Carlos, el día arranca antes de que salga el sol y termina bien entrada la noche. La mentira de la "flexibilidad horaria" se choca de frente con la billetera. Hoy, el desguace del poder adquisitivo y el aumento descontrolado de los costos fijos (combustible, patentes, el cambio de pastillas de freno o la pesadilla de comprar un neumático nuevo) se devoran casi el 50% de lo que genera el auto en bruto. Las estadísticas detrás de la pantalla no mienten: el derrumbe del empleo formal empujó a más de 1 millón de personas en la Argentina a refugiarse en Uber y otras aplicaciones. El sector está totalmente saturado. Con tantas unidades en la calle y tarifas reguladas de forma unilateral por una corporación extranjera, la matemática de la subsistencia es cruel: para rascar un ingreso mensual neto de 1.300.000 pesos —la línea básica para no caer en la pobreza—, un chofer tiene que pasar entre 10 y 12 horas diarias arriba del auto, los siete días de la semana. Ya no se maneja para progresar; se maneja para no fundirse. Carlos pasa catorce horas diarias encandilado por el brillo del celular, con la espalda destruida, estirando los tramos de la jornada para enganchar alguna "tarifa dinámica" que alivie el día. Su auto, que antes servía para los paseos familiares de los domingos, hoy funciona como una pequeña pyme de la miseria que marcha sin parar hasta que el motor aguante. Si Carlos para un día por enfermedad, el algoritmo lo penaliza bajándole el puntaje y esa noche en su casa no se cena.
La pizza voladora de la esquina de Perón
En paralelo a la rutina alienante del auto, la calle late con una violencia más física e inmediata en el sector de los deliverys. Quienes caminamos la realidad imperfecta nos topamos todo el tiempo con postales que rozan el absurdo, escenas tragicómicas que exponen el nivel de desespero al que nos están acostumbrando. Ocurrió hace poco, una noche de verano, cerca de las diez y media de la noche. En la esquina de Avenida Perón y Las Heras, el tránsito era el caos habitual de una jornada calurosa. De repente, un pibe en motito, apurado por el reloj de la aplicación y la promesa de una propina miserable, intentó cruzar la avenida sin mirar bien hacia su izquierda. El freno imprevisto de un auto que venía con prioridad lo obligó a clavar las llantas. La moto patinó. El chico perdió el equilibrio y fue a parar directo al asfalto duro. En el aire, como en una película de humor negro en cámara lenta, la pizza que llevaba en la caja térmica voló por los aires y aterrizó unos metros más allá. El automovilista, pálido, llegó a Frenar a tiempo. Cualquiera hubiera esperado el llanto, el reclamo, la ambulancia. Pero en la economía del sálvese quien pueda no hay tiempo para el dolor. El pibe se levantó del suelo raspado, rengueando, levantó la pizza del piso, la volvió a meter adentro de la mochila térmica como si nada hubiera pasado, se subió a la moto y siguió viaje. El cliente esperaba su cena y la aplicación no perdona las caídas. ¿Cuántas de estas escenas pasan por día en nuestras ciudades? Muchas, la gran mayoría, no tienen un final tan feliz. Son pibes que terminan en la guardia de un hospital público con una pierna quebrada y sin una ART que les cubra los días de curación. Si no pedalean, si no aceleran, no comen. Esa es la ecuación matemática de la supuesta libertad de mercado.
Las esquinas de la supervivencia
La crisis no se lee en los gráficos de los economistas de la televisión; se ve en las veredas. Basta pararse frente a cualquier pizzería o casa de comidas rápidas del centro a la caída del sol. Ya no es uno o dos repartidores esperando un viaje. Son diez, quince, a veces veinte motos y de bicicletas amontonadas en una sola esquina. Un informe de la Fundación Encuentro reveló que hoy un repartidor necesita completar más de 450 pedidos mensuales solo para cubrir la canasta básica de una familia. Se sientan en el cordón de la vereda a mirar fijamente la pantalla del celular, esperando que la aplicación "tire" un pedido en un mercado donde la demanda se cae a pedazos. Comparten un pucho, charlan de la malaria, comparan las tarifas miserables que les paga la plataforma y miran de reojo a los nuevos que se suman todos los días. La miseria es cada vez más grande y la fila para juntar un peso se estira cuadras enteras. El gobierno nacional flexibiliza las leyes laborales y festeja la caída del empleo formal como si fuera una "modernización digital" su mensaje es “el país va sobre ruedas”. Pero la realidad imperfecta nos muestra otra cosa: un país donde trabajar ya no es sinónimo de salir de la pobreza, sino apenas una estrategia desesperada de supervivencia sobre ruedas.
El Cronista de la realidad imperfecta.
- En el próximo episodio... Del asfalto caliente al silencio de los pasillos vacíos. Episodio 3: El candado invisible sobre la ciencia y las aulas. Cómo el ahogo presupuestario sistemático busca cerrar las universidades públicas por inanición, destruyendo el futuro sin necesidad de firmar un decreto.